En octubre pasado describí, en un espacio similar a éste, cómo me había aburrido leyendo el Ferdydurke de Witold Gombrowicz y cómo, al mismo tiempo, la pasaba muy bien con una de las novelas de Jorge Asís. Leve incorrección política que, como preveía, produjo escasas adhesiones, innumerables rechazos y una que otra muestra de indignado asombro: ¿cómo me atrevía? ¿Cómo era capaz de decir cosas así? Mucho tiempo después, enterado de aquello por terceros, un destacado escritor argentino, que fue mi maestro y es uno de los intelectuales más lúcidos que conozco, me escribía: “¿Qué te pasa, largaste el golf y te dedicaste a la bebida? Decir que envejeció ese libro es como decir que Ubu Rey perdió vigencia, que Breton pasó de moda o que Beckett ya no va. De ciertos textos (Ulysses, por ejemplo; la obra de Kafka) se puede decir ‘No me gustan’, si uno es Borges (con Ulysses) o Lucacz (con Kafka), pero cómo van a envejecer. Son hitos, están plantados allí, les gusten a uno o no, y marcan un antes y un después”. ¿Qué decir? Que, por supuesto, él tiene razón.
Pero yo no escribí exactamente que Ferdydurke había envejecido. Sino que había envejecido para mí. Y lo que más me interesaba en esa ocasión, en verdad, era preguntar cómo actúa el tiempo sobre todos los libros. Mi apurada teoría era que existen libros que llevan fecha de vencimiento: obras que le hablan a su tiempo (incluso a ciertos lectores de su tiempo): lo que me pasó con Ferdydurke, lo que me impide volver a abrir Rayuela. Después, decía, están los libros que superan la lectura “epocal” (Operación masacre, Madame Bovary, El gran Gatsby), retratos de época que trascienden el presente para ubicarse fuera del tiempo. Y, luego, los grandes libros: los que se hacen clásicos.
Hace unos días me llegó el segundo número de la revista literaria La rana, que dirige el escritor cordobés Hernán Arias, y que trae un artículo sobre Jean-Paul Sartre de Ignacio Barbeito. Leo allí, con sorpresa: “Sartre afirmaba que la literatura envejecía con el paso de los años. Las obras literarias –y Sartre pensaba sobre todo en las novelas– caducan junto con la sociedad en la que fueron escritas. Así, la medida de la vigencia de una obra literaria era entendida como equivalencia de sus efectos desestabilizadores sobre un público masivo”. También encuentro una cita de Ricardo Piglia en Crítica y ficción: “Fue Arlt el que captó el núcleo secreto de la política argentina, y escribió una novela que se lee hoy y parece que se escribió ayer. Eso es la literatura política. Eso es la ficción política. Capta el núcleo secreto de una sociedad. Funciona, digamos así, transformando esos elementos que son los núcleos verdaderos, los núcleos de interpretación”.
Creo que, de alguna manera, Sartre y Piglia hablan de lo mismo: de que hay libros que se vencen y otros, los menos, que no. Pienso, a treinta años de su publicación, en la vigencia de una novela como El beso de la mujer araña. Un libro que capta el núcleo de una sociedad. Que incluso lo anticipa. Y vuelvo a pensar en Ferdydurke. Alguna vez tendré que volver a intentarlo. Alguna vez.
(Publicado el domingo 19 de marzo en el suplemento de Cultura del diario Perfil y en Kaputt).
4 respuestas hasta el momento ↓
acteon // Marzo 22, 2006 en 21:07 p03
Una lectura de tu post, que ya escribí en su oportunidad para “Libros con vencimiento I”, lo encontrarán en los comments de Kapput.
¿Alguno más que se sume, acá o allá?
Salutte.-
inx // Marzo 29, 2006 en 21:07 p03
Es Lucacks, no Lucacz.
cienveces // Abril 3, 2006 en 21:07 p04
¿No es Lukacs?
Gerardo Jorge // Mayo 1, 2006 en 21:07 p05
Hola. Ciertamente los libros envejecen, ejemplos sobran. Hay libros viejos que salieron ayer.
Pero me parece que no es algo aplicable a Gombrowicz, eso. Al revés. Creo que buena parte de lo que pasa hoy en escritura “joven” en Argentina sería difícilmente sostenible sin acudir (mal o bien) a él. Además, el Ferdy es un libro que salta de su tiempo, tiene algo de antropológico, algo de psicológico, que trasciende lo ambiental.
Saludos, GMJ.
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