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Una cuestión de perspectiva

Enero 7, 2008 · 8 comentarios

Hace algunos meses, en una charla sobre edición y crítica literaria, el moderador de la mesa preguntó a los participantes, editores y directores de revistas y suplementos culturales cómo veían la situación de la literatura argentina actual. Luego de pensar unos segundos y de mencionar a Borges, Cortázar y Bioy Casares, uno de ellos, bastante convencido, deploró el panorama contemporáneo asegurando, palabras más o menos, que hoy por hoy en la Argentina no pasaba nada relevante. Minutos después, cuando me tocó el turno de hablar, aseguré que opinaba más bien todo lo contrario: que era éste, precisamente, uno de los momentos más ricos y promisorios de la literatura nacional. Que no sólo había muchos escritores notables produciendo, sino que, además, es un tiempo en el que por fortuna, una vez más, parece que todo está por hacerse.

¿Qué argumentos respaldaban esa opinión? Ni más ni menos que las evidencias que viene arrojando, en los últimos años, el campo cultural y la industria editorial. Sin forzar demasiado las cosas, se puede ver que, en la actualidad, conviven diversas generaciones y tendencias narrativas que se nutren de manera recíproca, y que, a diferencia de lo sucedido en el pasado reciente (Borges, los escritores del boom, Puig, Walsh), no hay un nombre rector que polarice la atención de los lectores por sobre los demás. Los escritores nacidos en la década del 50 (Sergio Bizzio, Alan Pauls, Marcelo Cohen, Juan Forn, Sergio Chejfec, Daniel Guebel, Matilde Sánchez, Ana María Shua) están en plena actividad, al igual que los nacidos en la década posterior (Rodrigo Fresán, Pablo Ramos, Guillermo Martínez, Damián Tabarovsky, Pablo de Santis, Martín Kohan, Carlos Gamerro); algunos de ellos incluso, luego de varios libros publicados, están logrando construir un público propio, y obteniendo premios que comienzan a otorgarles visibilidad fuera de las fronteras nacionales.

Detrás de ellos fue surgiendo, poco tiempo atrás y con la fuerza de su prepotencia creativa, la autogestión, las lecturas públicas, las antologías colectivas y el diálogo entre pares, el grupo de nombres más reconocible de escritores nacidos en los 70: Oliverio Coelho, Gonzalo Garcés, Juan Terranova, Washington Cucurto, Ariel Magnus y Pedro Mairal, entre muchos otros. Y, por si todo esto fuera poco, comienzan ya a publicar sus primeros libros algunos autores nacidos en la década del 80, como Federico Levín, Violeta Gorodischer y Leandro Avalos Blacha, el ganador de la primera edición del premio literario Indio Rico, organizado por la editorial Entropía y cuyo jurado integraron Pauls, Daniel Link y César Aira.

Berazachussetts, la novela de Avalos Blacha –donde se advierten las influencias del delirio narrativo de Alberto Laiseca, uno de los nombres mencionados por el autor en la dedicatoria del libro– es, tal vez, una de las más gratas sorpresas editoriales de los últimos tiempos. Extremadamente divertida e inteligente, cuenta los devenires de una zombie punk, de un grupo de docentes desquiciado, de la cruel lisiada Periquita y del corruptísimo Franciso Saavedra, ex intendente de Berazachussets, terreno imaginario del Conurbano donde se compra y vende con “patachussetts”, se organiza una revuelta socialista a manos de un grupo revolucionario de zombies liderado por un cantante de cumbia, y se desata una hecatombe con claras reminiscencias a la crisis social y política de 2001. Suficientes nombres (aunque falten mencionar muchos) y suficientes libros como para afirmar que la literatura actual vaga a la deriva, ¿o no?

(Publicado en el suplemento de Cultura de Perfil el domingo 6 de enero de 2008).

Categorías: Asuntos internos (en el diario PERFIL)

8 respuestas hasta el momento ↓

  • El Llibreter // Enero 7, 2008 en 21:07 p01

    Pues nada, a ver cómo lo hago para traer esos libros a este lado del charco.

    Saludos cordiales.

  • Marcelo Galliano // Enero 7, 2008 en 21:07 p01

    Estimado Maximiliano Tomás:

    Creo que con los ejemplos que mencionaste le estás dando la razón a la postura que quiste rebatir. En las últimas décadas -en este mundo “atomizado” de las últimas décadas- la actividad en el Arte es inversamente proporcional a su trascendencia. Seguramente para quien te citó a Borges, a Bioy, y a Cortázar, éste es un tema preponderante. Hoy en día, los escritores, los concertistas, los artistas plásticos, escriben, tocan y pintan para otros escritores, otros concertistas, y otros artistas plásticos. En el caso de los creadores, ¿será porque las obras no pasan de ser ocurrencias onanistas sin vuelo ni desarrollo considerables?
    En la generación nacida en los 70 (la tuya, la mía) esto se ha visto reflejado por las actitudes tribales: antologías que el gran público no lee, lecturas públicas a las que asisten solamente pares, etc.
    Sobre este tema publiqué, hace un mes, un artículo en mi blog. Como la nota te alude, considero de bien nacido esta introducción y el agradecimiento por dejarme disentir con vos en tu propio espacio. Aclaro, desde ya, que respeto tu actividad.
    A continuación: el artículo

    Pertenecer tiene sus serios riesgos
    (La literatura y la generación del 70)
    Por Marcelo Galliano

    Como pocos, Jorge Luís Borges supo definir sus preferencias por comparación, quizá, me atrevo a anotar, por observación antagónica. La luminosa prosa de Emerson le resultaba más cautivante sometiéndola a la oscuridad de Poe; la profundidad de Faulkner más atendible ante el paralelismo con Hemingway (de quien llegó a justificar el suicidio por la poca calidad de su obra); el legado de Jung más apreciable ante la fatigosa jerigonza de Freud (a quién adjetivó de viejo chismoso…)
    Quizá por esta última distinción no temió asegurar que todo hombre pertenece a su tiempo, no dudó en adoptar, tácitamente, el apotegma junguiano que considera al hombre un protagonista de su destino personal y un extra de un drama superior, cayendo, acaso con irónica voluntad, en una contradicción con sus radicales posturas literarias. (Algo tendrían, pienso yo, Poe y Emerson en común, como también Faulkner y Hemingway, y acaso Freud y Jung.)
    Como juego dialéctico estas martingalas pierden encanto al ser llevadas a la realidad práctica. Es cierto: desear es siempre más hermoso que tener, pero, me animo a acotar, mientras el objetivo, por inalcanzable que sea, pueda ser distinguido y ubicado. Un límite es un enemigo apasionante, siempre y cuando infringirlo nos lleve a un sitio diferente del que abandonamos.
    Con cierta sorpresa se ha observado, en el mercado editorial argentino de los últimos tres años, una preocupación por reunir a una supuesta generación de cuentistas, en diferentes antologías. (Me refiero a escritores que, como yo, han nacido en la década del 70.)
    Seria redundante adherir a las críticas que de dichos trabajos se han hecho en diferentes medios: pobreza gramatical, puntuación deficiente, inexistente búsqueda poética, confusión entre minimalismo y carencia, incapacidad paisajística, abordaje adolescente, escasa musicalidad, exigua creatividad y desprecio por la palabra. Erróneo sería, también, endilgarle tan dolorosos juicios a todos los autores antologados; más equivocado, aun, endosarle tales características a todos los nacidos en tal decenio.
    Debo decir que esquivo los análisis en materia de creación; todo surrealismo es inconciente, dijo Dalí, quizá tomando distancia de los manifiestos de Breton; toda interpretación es una venganza que la intelectualidad comete contra el arte, dijo Susan Sontag, tal vez distanciando la literatura de toda elucubración más allá de la preocupación estética. Por tal motivo, buscar una explicación a esta metodología tribal de expresión, que parece pluralizarse dentro de la narrativa breve de mis contemporáneos, o al camino estético que ellos proponen, sería arriesgarse a aseveraciones casi reaccionarias, a supersticiones tales como creer que tal o cual configuración estelar dio nacimiento a tal o cual grupo de escritores (malos o buenos).
    Pueden, sí, cotejarse las causas de algunas deficiencias técnicas que los detractores les señalan:
    -La premura por la brevedad. Los mails, los blogs, los mensajes de textos…, la tecnología de los diez últimos años se ha asociado con el lenguaje escrito al igual que en los lustros anteriores se basó en la comunicación oral y visual (fotografía, teléfono, radio, cine, televisión.) La velocidad es enemiga de la literatura. La literatura es lentitud, es dialéctica; es la más intelectual de las artes y, aunque puede contenerla. jamás debe confundirse con la comunicación.
    -El concepto de obra movediza. Un escrito es siempre un borrador. Una obra de arte no se culmina, se abandona; pero sólo el propio creador puede tomar tal determinación. El mundo actual desdeña la individualidad, con lo cual perjudica el desarrollo artístico. La creación es un acto egoísta. Detrás de todo gran artista pareciera esconderse un fascista capaz de ignorar al resto, de tomar decenas de decisiones sin necesidad de consultar a nadie. Los talleres, las reuniones, el trabajo grupal, sirven para reconocer las magistrales obras que los grandes crearon en soledad.
    -La quimera de la originalidad. Uno de los recopiladores de las antologías que aludí en los párrafos anteriores, define a este grupo de escritores como la generación más libre de la historia. Creo que esta situación de orfandad los corporativiza de manera peligrosa. El arte, en su factura, es técnica, es ciencia y, como tal, es saber acumulativo. Bach edificó su concierto para cuatro claves sobre el de cuatro violines de Vivaldi, Shakespeare da forma al existencialismo de Hamlet con destellos del poema que Parménides escribió mil años antes, Freud teoriza sobre el inconciente…, tema ya abordado por Schopenhauer.
    La literatura es el arte que menos permite la ruptura, porque como elemento básico utiliza un código antiguo y predeterminado: la palabra. Es por tal motivo que toda vanguardia literaria es vana, inútil. En toda actividad codificada los cambios son progresivos, de lo contrario se produce la “aformalidad”.

    El hombre es el animal que escribe, quizá sea una señal de su inconformidad, de su angustia, tal vez sea un signo de pretensión de inmortalidad -sólo factible en un ser conciente de su limitada existencia, de lo efímero de su vida-, de un ente que cree en Dios con la esperanza de burlarlo, de librarse de él y de la muerte. Ser escritor es hablar de ese tipo de cosas, más allá del año en que uno ha nacido.

    _________________

  • Marcelo Galliano // Enero 7, 2008 en 21:07 p01

    Fe de erratas: En el comentario anterior léase “quisiste rebatir”

  • manuel // Enero 8, 2008 en 21:07 p01

    Maxi debe ser la decima nota
    de las nueve ultimas que escribiste
    que nombras a Alan Pauls..

    no sera mucho??
    te gusta??
    Si, es fachero pero no sera demasiado??

    Abrazos…

  • Saurio // Enero 8, 2008 en 21:07 p01

    Y lo que mencionás sólo está pasando en el costado mainstream realista de la literatura argentina: los que escribimos literatura conjetural (o “ciencia ficción”, pa’ los que gustan de ser conservadores en las etiquetas, aunque ya hace rato que superamos las convenciones de género) nos estamos viniendo con todo y en este 2008 vamos a producir grandes novedades editoriales y de las otras.
    Obviamente, los diarios, las editoriales y la intelligentzia letrosa van a seguir ningunéandonos o creyendo que escribimos sobre cuetitos y otras joliboludeces de evasión, pero no nos importa, nosotros vamos a seguir haciendo la literatura que realmente narra el presente sin necesidad de describirlo periodísticamente.

    En fin, eso. Esperen noticias de nosotros, aunque quizás no por los canales habituales.

    Feliz 2008, dicho sea de paso.

  • lexi // Enero 8, 2008 en 21:07 p01

    qué suerte que haya gente con lugar de opinión que diga lo que decís!

  • contrarreforma // Enero 8, 2008 en 21:07 p01

    En esas listas hay cada muerto…

  • Sir Lancelot // Enero 8, 2008 en 21:07 p01

    ¿Tomas, desde los años cincuenta para acá sólo podés mencionar a tres mujeres?
    Me parece grave. ¿Seré el único que considera que las nuevas narradoras son mucho más potentes que sus pares masculinos? Más allá de la parcialidad de las listas, olvidarlas me parece un acto de ignorancia o misoginia.

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