Hernán Iglesias Illa se enoja con la ponderación de “lo berreta” en literatura a la que se refiere Fabián Casas (la supuesta desprolijidad airana sería otra manera de llamar a la misma informalidad, cuestión que no es tan nueva como parece) al hablar de su obra.
Y linkea para seguir con su hipótesis las declaraciones de Sergio Bizzio en una entrevista, para luego citar la reseña que hace de Era el cielo Mariana Enriquez -en mi opinión, una de las mejores periodistas culturales de estas pampas. Pero me parece que tanto Hernán como Mariana pifian el objeto de estudio. Estoy terminando la novela de Bizzio y es tremenda: en mi opinión, de las mejores que se escribieron y publicaron el año pasado (Bizzio tal vez sea el único continuador de aquellas formidables novelas de Fogwill de la década del 90). Creo entender a qué se refiere Bizzio cuando habla en contra del concepto de eficacia en literatura: a la escritura serial, de taller literario, a los narradores de brújula y planos que escriben pensando en quién y cómo los van a leer, que aspiran a la eternidad mientras miran de reojo el próximo premio literario que piensan ganar -si es que logran arreglar con sus agentes.
No se puede decir, sueltamente, que Bizzio no relea, no corrija, no trabaje sus textos, al menos a la luz de ciertos pasajes de su novela, como el comienzo de Era el cielo (uno de los más impactantes que recuerde), la escena en que la protagonista femenina nada en una pileta junto a un tiburón toro, o como cuando escribe sobre el hijo de su alter ego:
“Podía oírlo hasta dormido (cuando yo dormía). Tenía miedo de que se ahogara, que perdiera demasiado peso o que tuviera alguna enfermedad; cuando empezó a gatear tuve miedo de que pusiera un dedo en un enchufe, que se tragara un encendedor, que se metiera algo en el oído; cuando empezó a caminar temí que se golpeara con la punta de una mesa, que cayera del balcón, que se metiera en el lavarropas; cuando empezó a ir al colegio tuve miedo de que un extraño lo robara, que lo abusara el profesor de flauta… La lista era infinita. Un hijo es una industria de producir terror“.
El problema con Bizzio, en este caso (y con Alan Pauls y con Daniel Guebel, compañeros de entrevista y de opiniones) es que no ofrecen públicamente los nombres que tienen en mente cuando hacen este tipo de declaraciones. Son vagos, en el sentido de vaporosos, y entonces se arriesgan a ser malinterpretados. Pero me consta que los mentan en privado.
Creo, además, que tanto Casas como los mencionados arriba tienen doble razón en sus opiniones: por un lado, demuestran que se toman en serio a la literatura (ahí están sus libros), pero no del todo a ellos mismos; y aciertan cuando dicen que la eficacia no construye por sí misma buenas ficciones. Lo que puede ser un valor supremo en periodismo (Hernán puede dar fe luego de escribir Golden boys) no siempre lo es, me parece, a la hora de hacer literatura.
15 responses so far ↓
Hernanii // Enero 8, 2008 at 21:07 p01
maxi,
gracias por seguirla. probablemente tenés razón cuando decís que bizzio et alter están hablando de gente muy concreta pero que, como no hay nombres, los demás entendemos otra cosa. es posible. yo al final me fui un poco por las ramas y tu respuesta me sirve para volver: estoy seguro de que bizzio recontracorrige sus libros y es muy cuidadoso con lo que escribe y es muy consciente de la estructura y la respiración internas de su novela. Por eso es que no me cierra que se declare tan anti-eficaz: ¿para qué ponerle tanto huevo y tanta sangre a algo y después decir que te salió más o menos? Por ahí es como vos decís: se toman en serio a la literatura pero no a ellos mismos. Eso sería buenísimo. Ojalá.
OmarG // Enero 8, 2008 at 21:07 p01
Maxi: fijate en la otra arista que quedó abierta… Qué es lo que narran, de qué historia nos escriben, el tema, los personajes, las ideas que circulan entre ellos. Cómo funcionan las relaciones de cada autor con la palabra.
Vas a encontrar algo asombroso: hay una insistencia por lo escuchado de oído, colocando el yo del autor como actor/testigo necesario e imprescindible. Y cuando digo “oído“ es a la falta de experiencia de ese yo que escribe. No hace falta matar a alguien para escribir policiales, pero al menos hay que ver los efectos de la sangre sobre la ropa, el piso, otras personas.
En los barrios, que tanto se han puesto de moda entre autores, a eso se lo llama falta de vida, y los textos tienen algo indómito: son delatores por excelencia.
OmarG // Enero 8, 2008 at 21:07 p01
Y un texto es delator porque está dispuesto a ser leído en todos los sentidos, siempre que resista tal empresa.
Sir Lancelot // Enero 8, 2008 at 21:07 p01
Los tres mosqueteros en versión patagónica: Sin espada ni pluma.
Aira ha calado profundo en la vieja guardia. ¡Descubrieron el resquicio!
Lección de Mariana Enriquez.
manuel // Enero 8, 2008 at 21:07 p01
No hace falta matar a alguien para escribir policiales, pero al menos hay que ver los efectos de la sangre sobre la ropa, el piso, otras personas??
Te lees Genovese vos??
te lees??
no, por dios!!!
NO LO PUEDO CREER
Nina // Enero 8, 2008 at 21:07 p01
Comparto totalmente la opinión de OmarG
Javier Tibau // Enero 8, 2008 at 21:07 p01
Evidentemente, este chico Hernán Iglesias se dejó absorber por la mentalidad mecanicista del país en el que vive. Nadie en ningún momento de todo este largo debate dice que quien se esfuerza es un gil. No proyectes, le asestaría un estudiantín primerizo de psicología. En cualquier caso, con bastante intolerancia, así como él está orgulloso de su “esfuerzo”, HI no deja que otro sienta lo mismo por su -supuesto- “no esfuerzo”. En síntesis, apenas un comentario sintético acerca de un visión demasiado lineal y de vuelo corto de alguien que se precia purista.
Ana Coluto // Enero 9, 2008 at 21:07 p01
La discusi
Marcelo Galliano // Enero 9, 2008 at 21:07 p01
Lo dicho por Omar G. me lleva a unas cuantas reflexiones, por razones de amabilidad con los lectores de este blog comentaré sólo algunas de ellas.
Creo que el Arte es –entre otro conjunto de cuestiones importantísimas- apariencia. Recuerdo una vieja anécdota, que circula en el ámbito de las tablas, sobre un profesor de teatro norteamericano que interrumpió una clase para decirle a un alumno: “lo que usted está haciendo es orinarse en un pantalón de corderoy, quizá se siente muy bien, pero yo no veo nada”.
La creación no es intención, ni proyecto, ni experimentación, ni movimiento, ni generación en común. LA CREACIÓN ES LOGRO.
Un lector -o un oyente, o un espectador- no aprecia procesos, ni elucubraciones, ni futuros promisorios; APRECIA RESULTADOS ESTÉTICOS.
El Arte no es una forma de catarsis para que una persona se redunde aludiendo defectuosamente a sus problemáticas personalísimas, a modo de diván gratuito.
El gran problema actual de la creación es la falta de Ideas (sí, con mayúscula). Se escribe, en líneas generales, una literatura anecdótica, de ocurrencias, que a la vez permite una técnica deficiente (es mucho más fácil escribir sobre rubia catalana que estando yo borracho me robó unos dólares -cuento que fue elogiado en este mismo blog-, que sobre un punto, quizá un hueco en el universo, donde pueden verse las existencias pasadas presentes y futuras, coexistiendo los denarios de Judas con el rostro de la mujer que amo –no sé si hace falta aclarar que me refiero a El Aleph.)
Parece mentira pero, por enésima vez, debemos volver a la Zorra y las uvas de Samaniego para comprender la realidad de la creación actual.
Seré simple: no es el que quiere sino el que puede.
________
Ana Coluto // Enero 9, 2008 at 21:07 p01
La discusión no debe ser si tal o cual relato es eficaz o no sino sobre la que cada uno entiende por eficacia. Convertir la palabra en concepto, esa es la cuestión.
Marcelo Galliano // Enero 9, 2008 at 21:07 p01
Estimado Maximiliano Tomás:
La discusión me parece muy rica y relevante. Si me permitís pondré un link de este tema en mi blog.
Marcelo Galliano // Enero 9, 2008 at 21:07 p01
Ana:
La eficacia en el Arte es una cuestión de estética. No es asunto de decir o no decir (con ese criterio un contestador automático es artísticamente eficaz). El asunto es el “qué” y el “cómo”, pero para eso se necesita “con que”.
Una vez alguien me dijo que en el cómo del primer movimiento de la Quinta Sinfonía de Beethoven estaba la idea. Y eso cierto, todo el movimiento está basado en una célula musical que no llega a ser un tema; el detalle que nos olvidamos es que el propio Beethoven se encargó de enhebrar uno de los desarrollos compositivos más geniales de la ingeniería musical.
Cualquiera puede imaginar una señorita con capelina y sombrilla en un parque, pero sólo Georges Seurat logró que los colores se homogenizaran y se descompusieran según la distancia del ojo que los mira.
Cualquiera pinta un objeto deformado, pero sólo Dalí retrató la incorruptibilidad –y la atemporalidad- de la vida eterna con aquellos relojes blandos.
¿Qué tiene en común, en esos casos, la técnica de Seurat y la idea de Dalí?
Algo que el mundo de hoy nombra entre dientes, como si considerarlo fuera una aseveración fascista, o una comprobación del dios injusto del Pentateuco: TALENTO.
Sí, talento. En una época en la cual se repite que “todo es actitud”, “la aptitud” -con p señores- marca la diferencia, y evidencia algo tan difícil de definir como la eficacia.
Ana Coluto // Enero 9, 2008 at 21:07 p01
Yep. Lo de abrir link me parece oportuno, tan oportuno como decirle a Marcelo que percibo una objeción cuando creo hablamos de lo mismo. (Ustedes sabrán que sólo en los matrimonios se discute estando de acuerdo). Sólo un tip. Mañana, si les parece, vengo con la caballería pesada: La eficacia del relato sólo se prueba si promovemos la palabra a un estadío superior. En tanto materia de la pura subjetividad se impone un andamiaje conceptual que la justifique y signifique; es la petición de principio para que cualquier polémica vaya más allá de una contienda para imponer preferencias personales. Saludos y gracias por los comentarios.
Marcelo Galliano // Enero 9, 2008 at 21:07 p01
Entiendo Ana. Pero… ¿cuál sería ese andamiaje conceptual que se impone para un debate sobre Arte?
En estética no puede haber tal andamiaje. La estética –y en eso tiene algo en común con la ética- no es una rama de la estadística. No vale la experiencia previa ni el conocimiento. Porque a algunas personas les guste algo no tiene por qué gustarme a mí (porque a algunas personas hagan algo no quiere decir que esté bien –me permite este agregado para remarcar ese “camino homónimo” entre ética y estética-).
Pero la problemática cambia (o se agrava) en un Arte tan intelectual como la literatura.
En pintura pueden ser comparables un Miró con un Dalí, cuando todos sabemos que Dalí era técnicamente capaz de emular a Velásquez, y que Miró era incapaz de retratar una casa en cuatro líneas al estilo cuaderno escolar. Ese tipo de disparidades, esa clase de paralelismos estilísticos tan lejanos a la moral científico-técnica: ¿pueden ser aplicados a un Arte como la literatura, a una actividad que utiliza como elemento básico un código preestablecido y concensuado: la palabra?
La gramática, la semántica, la ortografía, son ciencias sumatorias, movibles, si, modificables, sí; pero: ¿es lícito que un artesano de la palabra –un escritor- las modifique a capricho, ignorando el tronco desde el cual se ramifican, rompiendo la noción primigenia de códice que debe preservar el idioma?
La afirmación sobre una generación libre –aseveración que yo, con todo respeto, le he criticado a Maximiliano Tomás- propone una involución. Si la seguimos a rajatabla deberemos desandar en el tiempo, retroceder unos tres mil años, hasta la creación del primer alfabeto fonético y desestimarlo a él y a todo lo que siguió.
Quizá Miró lo hizo en pintura (un arte que, a pesar de lo que muchas veces se asegura, puede ser figurativo sin ser simbólico-) Pero en literatura –esa rara actividad que parte de la necesidad de “dibujar los sonidos” con que los primates expresaban dolor o alegría- corremos el riesgo de obtener los “ineficaces resultados” que estamos observando.
Saludos cordiales
Díaz // Enero 10, 2008 at 21:07 p01
Era el cielo: el ejercicio de la mala interpretación
Extenso debate se inició a partir de Era el Cielo, la última novela de Sergio Bizzio, editada en 2007 por Interzona. Al parecer, el centro de la disputa recae, nuevamente, en la idea que sostiene la utilización de ciertas técnicas para conseguir una escritura correcta y de calidad asegurada: la eterna guerra de la escritura “berreta” contra la escritura “proletaria” (léase por el desmedido sacrificio que implica el trabajo).
Ni berreta ni sangrante: “Era el cielo” cuenta con una narrativa fluida, donde el autor expone sus sentimientos y miedos con tal exquisitez, que provocan que el lector no pueda despegar los ojos de la lectura.
Es por eso que encuentro errada –y también agresiva- la crítica realizada por Mariana Enríquez en el diario Página 12 (edición del domingo 6 de enero), donde afirma que el autor “carece de herramientas técnicas y emocionales para profundizar”. Enríquez se equivoca y mal interpreta la novela: Bizzio hace uso de sus cualidades como guionista y se dedica a relatar una historia que desde el inicio presenta al personaje principal –guionista también - como un absoluto observador que derrapa en una rutina donde sus emociones son contadas desde la lejanía, sin perder un tono intimista. No se trata de un distanciamiento avalado en la pereza, sino todo lo contrario: Bizzio se encarga de enunciar (desechar) en tan sólo un renglón lo que supone como hechos secundarios (suicidios y muertes) para profundizar en sus miedos y amores. Quizás de aquí parta la incomprensión de Enríquez: se trata tan sólo de una novela que relata con nostalgia y dolor la incomprensión del protagonista ante una vida que se torna tan disímil al deseo original, que lo lleva a un desgano impersonal: “(…) la frente es el lugar del cuerpo donde siento el cansancio con más nitidez. No en toda la frente: es un sector circular, ubicado por encima del entrecejo, que se angosta y extiende a izquierda y derecha, hasta tocar las sienes, formando la figura de una persona con los brazos abiertos sobre el respaldo de un sofá. No es un cansancio plácido, sin embargo, ni exclusivamente físico. Es como si supiera lo que va a ocurrir mañana y no me interesara…”
Sin embargo en algo sí coincido con Martínez y es cuando indica que la novela propone “un ejercicio que mezcla la puntillosidad (…) a lo que hay que sumarle desplazamientos hacia el disparate o lo vagamente maravilloso”. Es evidente que Bizzio maneja las letras como pocos y sabe detenerse para crear momentos que hacen que la novela trascienda a esa supuesta distancia y frialdad que Martínez defiende. Tan sólo basta leer uno de los pasajes del libro para entender a lo que se refería en la entrevista que compartió con Guebel y Pauls para Diario Perfil, donde indicaba que esta en contra de “los lectores que buscan historias entretenidas, sólidas, consistentes. La idea de lo eficaz es repugnante”. En este caso, la historia pasa por otro lado: por el arraigo a esos miedos que muy lejos están de entretener pero que se trepan a la escritura y se acomodan causando una sordidez que estremece: “(…) podía oírlo hasta dormido (cuando yo dormía). Tenía miedo de que se ahogara, que perdiera demasiado peso o que tuviera alguna enfermedad; cuando empezó a gatear tuve miedo de que pusiera un dedo en el enchufe, que se tragara un encendedor, que se metiera algo en el oído; cuando empezó a caminar temí que se golpeara con la punta de una mesa, que cayera al balcón, que se metiera en el lavarropas; cuando empezó a ir al colegio tuve miedo de que un extraño lo robara, que lo abusara el profesor de flauta… La lista era infinita. Un hijo es una industria de producir terror”.
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